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These are stories of personal experiences by women who were cared for by the midwives, birth partners, and others who supported birthing mothers.

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El nacimiento de Eduard, por Lucía / The Birth of Eduard, by Lucía (23 de noviembre de 2013)

Sábado por la mañana. Mi vientre empieza a registrar unos dolores más fuertes de lo normal. Recuerdo despertarme en mitad de la madrugada y sentir un dolor agudo bastante considerable. Sin embargo, el cansancio era tan fuerte en esos días que me volví a quedar dormida sin problema.

Me levanté despacio y cauta a las 8 y decidí prepararme para el sábado que me esperaba con Dave, mi esposo, y con Adel, mi hijita de 2 años. No habíamos hecho muchos planes, pero, como todos los sábados, iríamos al parque de perros y luego al parque de niños para que Adel jugara.

Dave bajó a la cocina a preparar el café mientras yo vestía a Adel y la preparaba para que tomara su desayuno. El café de los sábados, sin prisas, sin mirar al reloj, sin horario... tiene un sabor especial. Por alguna razón el aroma del café esa mañana era más fuerte, como si me estuviera advirtiendo de que ese sábado iba a ser distinto. Los cortos, pero punzantes dolores en el vientre no cesaban, y aunque yo no le quería dar demasiada importancia porque mi bebé no tenía que nacer hasta entrado diciembre... le advertí a Dave que algo me molestaba. Dave quería llevar a nuestro perro Sport al parque pero le pedí que no lo hiciera - ¿por qué no paseas a Sport por el barrio, en caso de que pase algo? Su expresión de extrañeza me hizo reír y nos reímos juntos. El también pensaba que era demasiado pronto.

Pasé la aspiradora, hice la cama, arreglé el baño y abracé mi vientre en más de 3 ocasiones para concentrarme en lo que me estaba ocurriendo... las contracciones no cesaban, al contrario, aumentaban. Llamé a la comadrona y me advirtió que en cuanto las contracciones tuvieran un espacio de 5 minutos que llamara de nuevo y me preparara para presentarme en el centro. En cuanto Dave regresó de su paseo, lo puse al día y se metió rápidamente en la ducha. Yo caminé a casa de Becca, mi vecina, con Adel, con su pijama y un muñequito, para que no nos extrañara demasiado en caso de que regresáramos muy tarde. Recuerdo que Becca se sorprendió de que yo todavía estuviera caminando y organizando cosas. Ella dijo “Go to The Midwife Center, we will take care of Adel. You don't worry about anything.”

El trayecto del coche no fue tan duro como el trayecto en Austin con Adel en mis adentros. Fue más tranquilo y eso hizo que Dave pensara que estas contracciones no eran las verdaderas, que posiblemente fuera una falsa alarma.

Llegué a The Midwife Center a las 11:30 am. Phoebe , dirigida por Kara, era la comadrona que me atendería. Phoebe examinó la dilatación de mi cuello uterino - Estás de 4 centímetros, te quedas en el centro, vas a tener a tu bebé hoy mismo.

No había vuelta a tras, mi bebé iba a nacer ese mismo sábado. No eran contracciones falsas, era mi hijo pidiéndome que me preparara porque ya había llegado el momento.

Las contracciones se aceleraron. Las comadronas querían meterme en la bañera lo antes posible para que me pudiera relajar y pasar la parte más dolorosa de las contracciones en la bañera. La intensidad del dolor aumentaba, la distancia entre las contracciones se acercaba. La bañera ya estaba lista, el agua calentita aguardando mi llegada. Jess, la enfermera, se abalanzaba sobre mí cada 15 minutos para escuchar el corazón del bebé y comprobar que mi tensión arterial no se disparaba.. Sentía que todo iba muy rápido y a la vez me sentía estancada. ¿Cuántas contracciones más? Estas ya eran muy fuertes. ¿Cuándo va a acabar todo este dolor? Pasé allí casi dos horas en la bañera, pero me pareció como 15 minutos. Con la ayuda de las comadronas salí de la bañera, y me tumbé en la cama. Para que me relajara empezaron a masajear mis pies, mis piernas, mis brazos, de una forma que solo las comadronas saben. Pude por fin empezar a respirar sin exasperación. Una vez acomodada me dieron órdenes para empezar el empuje. Yo seguí sus órdenes al pie de la letra, entre sudores y temblores apretaba el abdomen hacia el punto que ellas señalaban en mi parte vaginal. Empujé y empujé con todas mis fuerzas. Nada pasaba, no había avance. Kara decidió revisar los centímetros de mi apertura y desgraciadamente, no eran los suficientes, además de que un lado del cuello uterino estaba intercediendo la apertura y complicando el descenso del bebé. Kara dijo, “I don't think you are ready to push, I think you need to go back to the tub.” Yo no me podía mover, el dolor era intensísimo, y no tenía fuerzas ni para incorporarme. Pero con la ayuda de las comadronas regresé a la bañera.

Caminé apoyándome de Kara y de Phoebe, pasos minúsculos que se me hicieron eternos. El agua calentita y el cuarto de baño a media luz me dio la bienvenida de nuevo. Me puse de rodillas y manos y empecé a balancear las caderas de lado a lado. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Sentía que la luz era cada vez más tenue, las voces de las comadronas cada vez mas bajitas, las contracciones más fuertes, más explosivas, más inexplicables.

“Yes, you can do this, you are almost there.”
“Come on 3 more contracciones and we move back to bed.”
“You are very close Lucía, very very close. Your baby boy is almost here.”

Kara se dio cuenta de que cuando balanceaba las caderas de un lado a otro el cuello uterino se abría mejor y ofrecía más espacio al bebé para que descendiera. Ella dijo, “You are doing an amazing job, you are 9 centimeters now, let's go back to bed.”

De nuevo, como si mi cuerpo pesara 200 kilos, me ayudaron a llegar a la cama. Unos 10 pasos...que se me hicieron interminables, imposibles de concluir. Kara me preguntó si me importaba usar la misma posición que había usado en la bañera, la apertura era excelente y facilitaría la salida del bebé. The yoga cow, la posición de vaca de yoga parecía ser ideal. Yo no tenia ningún problema, lo que fuera necesario para que mi hijo saliera. Kara dijo, “Raise your butt, descend your back and push when we tell you.” (Eleva el culo, baja la espalda y empuja cuando te digamos). Voces, gritos, temblores, lagrimas, sudores, pelo, piel, ojos... todo en unos pocos minutos que parecían horas.

“Push when we tell you.”
Seguí ordenes: “Yoga cow, and I will push when you tell me.”

Phoebe cogió una linterna e iluminó mi vagina para poder ver lo que estaba sucediendo. Esta postura en particular tiende a dificultar el trabajo de las comadronas por falta de visibilidad, pero aun así lo preferían por la amplia apertura que mis caderas ofrecían.

“Push , push, push, he is almost here. We can see his hair, he is here, he is here, he is here.”

Sentí el conocido "ring of fire". Sentí ese fuego incontrolable, un calor inaguantable, agudo y punzante, el principio del nacimiento de hijo, desde mis entrañas. Se me acababa el oxígeno, se me acababa la fuerza, el amor, el dolor, la vida, sí, como un fuego incesante. Sabía que esa sensación de fuego era buena señal, su cabeza estaba a punto de salir. Push, push, push y por debajo de mis piernas como una pelota de futbol americano, Phoebe me ofreció a mi hijito cubierto de líquido, medio azulado, con ojos en forma de línea, con pelo negro, con dedos temblorosos, con piernas diminutas, con un olor a vida irremediable, con un llanto tímido pero constante. “This is our son, this is our son, this is our son...” lo repetí muchas veces... era nuestro hijo. Eduard Melero Colvin había llegado al mundo.

Dave me abrazó, lo coloqué en mi pecho y con la ayuda de las comadronas me di la vuelta y me tumbé en la cama. - Skin to skin, piel con piel, y mi hijo pasó los primeros minutos de su vida en mi pecho pegado a mi corazón. A Dave se le rodaron los ojos de lágrimas, yo ya los tenía empapados. Dave se tumbó con nosotros y nos observó. Nuestra vida iba a cambiar radicalmente. Un hijo te cambia la vida, pero dos te la ponen del revés. Dave cortó el cordón umbilical, con manos fuertes y contundentes. Yo expulsé la placenta con ayuda de las indicaciones de Phoebe. Empujé y empujé y la placenta salió.

Las comadronas nos trajeron el desayuno a la cama, nos cuidaron, nos mimaron, nos dieron tiempo para celebrar en intimidad el milagro de la vida, la máxima expresión de la naturaleza, la reproducción natural, sin drogas, ni presiones, ni planes a seguir, sin tubos, sin líquidos, sin químicos, sin nada más que mi cuerpo y el de mi hijo, mi fuerza y su vida. Acababa de nacer mi hijo. Mi corazón ya estaba partido.

A las 9:30 pm llegamos a casa con nuestro bebé arropado entre mantas. Mis suegros habían viajado desde Dayton a Pittsburgh para ocuparse de Adel por la noche y asegurarse de que dormía en su camita. Mi suegra nos preparó unos espaguetis deliciosos que acompañamos con una buena y bien merecida copa de vino. A la medianoche nos fuimos a la cama a descansar. Eduard durmió casi toda la noche y al despertar lo único que lo calmaba era la leche que salía de mis pechos hinchados. Tan ansiosamente la tomaba, que cuando terminaba quedaba rendido entre mis brazos, completamente dormido, envuelto en el calor de los pechos de su madre.